Autores: Sérgio Veleda y Evânia Reichert – terapeutas psicocorporales
Este mes de marzo y en abril, los terapeutas brasileños Sérgio Veleda y Evânia Reichert imparten un ciclo de charlas y talleres en España. En “VENTANAS DEL ALMA. Un taller psicoenergético” presentarán, de forma vivencial, la relación entre la mirada humana, el carácter según el abordaje psicocorporal y las familias búdicas, en una promoción del Espai Gestalt con apoyo de la
Fundación Claudio Naranjo, de Barcelona.
En el texto que viene a continuación, Sérgio Veleda y Evânia Reichert esclarecen su propuesta.

Desde el inicio de la vida los ojos son la luz del cuerpo, y uno de nuestros principales canales de contacto directo con el mundo y con el otro. Ellos registran parte importante de nuestra biografía somática. Según la cartografía de la coraza muscular del carácter, desde los primeros meses de gestación, los ojos ya se encuentran activos en el útero materno. Según Wilhelm Reich y sus seguidores, los ojos, junto con la piel, el sistema nervioso, la audición y el olfato, conforman el primer anillo de tensión del organismo.
Los ojos reciben influencias determinantes desde el desarrollo inicial en la vida intrauterina, también en el momento del parto y en los primeros meses de vida extrauterina. La calidad del cuidado recibido por el bebé en el inicio de la vida mantendrá y profundizará su relación con la unidad de todas las cosas o provocará una escisión entre cuerpo, mente y ambiente.
Desde el momento del nacimiento los ojos, en conjunto con la boca, la piel, la nariz y los oídos, son los órganos de contacto y establecen una intensa comunicación con la realidad fuera del útero. Por medio de ellos, el recién nacido mantendrá su enlace con la madre y después con el padre. Los ojos son nuestro primer y más intenso órgano de percepción directa, que a lo largo de la vida irá a buscar y captar tanta o más información que los otros sentidos.
La amenaza al desarrollo natural del organismo durante la gestación —cuando este es afectado por las condiciones frías y congeladas de un útero sin afecto— priva al feto del primer contacto con la aceptación. Posteriormente, si en el momento del parto y en los primeros días de vida la calidad del contacto del bebé con su madre es perturbada, se puede generar una disociación en la personalidad, promoviendo en la persona defensas primitivas, como el aislamiento y el cierre de su intimidad.
Cuando la experiencia de llegada al mundo no se lleva a cabo de forma humanizada y respetuosa, sin los cuidados biopsicológicos suficientes, el miedo será la primera experiencia de vida de un niño, un registro que marcará la formación de su carácter, a nivel somático y psicoafectivo. Esa amenaza generalizada y sensorial podrá estar presente, incluso en la vida adulta, en una mirada vacía y desconectada, congelada y fija, en sensaciones fuertes de desconexión, ansiedad, aflicción o angustia sin causas aparentes.
El miedo activa internamente un estado emocional tenso, ansioso e inseguro. La persona se siente separada de la unidad con la madre y la vida, y se torna frágil frente al mundo. Se trata de un miedo a la desintegración del propio organismo vivo, que se defiende con el alejamiento y el aislamiento.
Los dos factores psicológicos relacionados con el bloqueo del segmento ocular son: las dificultades de contacto y la tendencia a la disociación. La energía vital del individuo amenazado se recoge de la periferia caliente de la piel hasta el fondo del organismo, con el fin de ser almacenada y servir de defensa contra cualquier amenaza de desintegración. Se crea así un estado de alerta somático, bioenergético y precognitivo. Esa situación topográfica influenciará la organización energética de la mirada, el modo de ver y percibir el mundo, así como el modo de pensar, sentir, hacer y relacionarse.
La actitud marcada por el miedo que se configura en la mirada puede generar tanto un problema ocular — que afecta muchas veces también la capacidad plena de la visión (miopía, hipermetropía, astigmatismo, etc.)— como el propio carácter.
Algunas personas pueden alejarse del mundo pasando a tener una visión corta. Se trata de una defensa contra la invasión ajena con la que consiguen mantener una cierta seguridad existencial. Otras pasan a no percibir lo que está cerca y se vuelven demasiado expansivas, desarrollando una visión totalmente volcada hacia fuera de sí mismas. El primer caso supone una actitud introvertida, acompañada muchas veces de una somatización miope; el segundo implica una actitud extravertida, que puede presentar también hipermetropía, por ejemplo.
Los diferentes tipos de miradas nos pueden indicar cómo se dio la organización psicoafectiva de la persona y cuál es la calidad de su contacto con la realidad. Los ojos están buscando contacto o evitándolo; algunos son congelados y fríos; otros, amedrentados. Y aun los hay brillantes y vitales; cargados y contraídos; u opacos y tristes. La mirada revela, en suma, la condición vital del organismo, así como la defensa que se ha organizado frente a las amenazas vividas en el inicio de la vida.
Encontramos ojos comprimidos o saltones; ojos que nos atraviesan sin vernos; ojos que nos dominan; ojos que nos seducen; ojos que apelan a la necesidad de protección y cuidado. Y ojos ansiosos que nos agotan con su insistencia e invasión. Son muchos los tipos de mirada. En verdad revelan el interior de la persona.
Los ojos son las ventanas del alma, y a su través podemos sentir a una persona en su profundidad. Con ellos registramos nuestras primeras imágenes. Sin ellos, el mundo se torna negro, pura oscuridad. Son las ventanas por donde entra la luz; y también buena parte de las sensaciones objetivas que vienen de la geometría del espacio, de los objetos, de las formas y de las expresiones de aquellos que nos miran y nos cuidan. Por medio de ellos descodificamos el mundo y lo introyectamos. Es así como se forma nuestro primer punto de vista sobre la vida, marcando nuestra manera de ver, percibir e interactuar.
Hay una referencia clara de la luz de los ojos en la poesía bíblica de Mateo, 6: 21, 22, 23: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón. Los ojos son la luz del cuerpo. Si tus ojos son buenos, todo tu cuerpo es luminoso; pero si tus ojos fueren malos, todo tu cuerpo estará en las tinieblas. Y siendo la luz que hay en ti tinieblas, ¡qué grandes tinieblas serán!”.

En los primeros momentos de la vida, nuestra mirada se puede tornar difusa, desenfocada; principalmente por la influencia de los ruidos que afectan a los oídos (que también son parte del primer segmento de tensión). Los oídos reciben los estímulos del ambiente. Los ruidos abruptos asustan y alteran la atmósfera, afectando también a nuestra percepción visual. En ese espacio confuso buscamos un punto de contacto: la madre (o la figura sustituta). Esa persona se tornará la figura referente de contacto, asociación y seguridad.
A través de la mirada materna no nos sentimos solos, abandonados, perdidos ni desconectados. La madre es fuente de seguridad y afecto, una matriz de confianza que se activa ya en la primera mirada materna. Nuestra mirada puede verse pues influida por la primera mirada presente de la madre o por la falta de esa mirada. La manera como la madre nos mira y se relaciona con nosotros, en los primeros tiempos de nuestra vida, va a formar emocionalmente nuestra mirada sobre el mundo.
Después de la madre, nuestra mirada también está influenciada por el padre o por la falta de su mirada. Si la madre representa un continente para el niño, la mirada paterna es la confirmación de que todo está bien. Entonces, más tarde, si esa mirada es de censura y de órdenes excesivas, significa castración e impedimento.
La mirada amorosa, cuidadosa y presente representa para el bebé una fuente de seguridad y vínculo. Una mirada materna triste, vacía, tensa y ansiosa, es una mirada desconectada, que hace que el bebé se sienta solo. Una mirada relajada y amorosa tiene un sentido de aceptación para quien la recibe. En el inicio de la vida, una mirada viva y amorosa llena nuestro cuerpo de luz, confort, amor y paz. La falta de esa mirada genera la sensación de que nos encontramos solos, sin contacto, y causa en el bebé una experiencia de desamparo, desesperación, miedo, confusión y falta de luz, esto es, tinieblas.
La luz de los ojos es la lucidez, la visión clara que ve las cosas tal como son, una visión no distorsionada de la realidad. La pérdida de la lucidez se caracteriza por pensamientos confusos y sombríos, producidos por una mente aturdida y un corazón afligido. El bloqueo ocular condiciona a la mente con pensamientos disociados y confusos.
Las familias búdicas y sus energías
Si establecemos un paralelismo entre el trabajo sobre los ojos y el contemplativo, encontraremos una integración muy profunda con las cinco familias búdicas, también conocidas como familias energéticas. Son llamadas vajra, ratna, padma, karma y buda. Son formas de cómo se organiza la energía en el comportamiento, la manera de ser y la estructura corporal y energética, de acuerdo con un mapa muy antiguo de tipología del carácter, desarrollado a partir del budismo.
Cada una de estas familias tiene una forma de relacionarse, de mirar y encarar el espacio y la realidad. Si en la familia vajra la manera es recta, directa y precisa, la padma se fija en los detalles, la armonía y la sofisticación del espacio. La mirada buda es abierta, está fundida con el ambiente. La karma es una mirada enfocada en la acción, que percibe las cosas y el espacio en términos de acción y movimiento. La mirada ratna ya focaliza la abundancia y busca rellenar el espacio vacío con sus actitudes.
La mirada de cada familia encuentra dificultades para desconfigurar una manera fija de encarar el espacio, los objetos y la realidad. Dicha dificultad inhibe la percepción del todo y de cómo mudar la manera de mirar y definir el espacio. Cada familia tiene un equivalente postural y un estilo propio de mirar hacia el espacio. Cuando practicamos las posturas y los modos de mirar de cada familia, podemos tener otra percepción del espacio y de nosotros mismos. Creamos de este modo la posibilidad de cambiar la configuración de nuestra mirada, de nuestro punto de vista, de nuestra forma de creer y de definir la realidad donde estamos inmersos.
Los principios del trabajo con los ojos, el estudio de la fase ocular, es una contribución esencialmente reichiana. Fue a partir de la vegetoterapia (que se distingue de la sistemática de la bioenergética de Alexander Lowen) que se desarrolló el trabajo clínico con los ojos y con todos los trastornos asociados a ellos.
Debido a las persecuciones sufridas y al campo cada vez más amplio de sus investigaciones, Wilhelm Reich no logró finalizar la sistematización clínica de la vegetoterapia. Entonces pidió a su alumno, Ola Raknes, que le diera continuidad. Raknes pasó a su vez la tarea a un médico, el neuropsiquiatra italiano Federico Navarro. Fue este quien sistematizó la base del trabajo clínico con los ojos y los demás segmentos del organismo. Elsworth Baker se ha dedicado también al trabajo sobre el segmento ocular, así como a los estudios que él llamaba de carácter ocular, en los EE.UU.
El trabajo terapéutico con los ojos actúa directamente sobre ciertas áreas del cerebro. Se puede decir que hay otro tipo de coraza, la cerebral, que afecta fuertemente a los órganos de percepción ligados a la cabeza: visión, audición y olfato. Toda la sobrecarga o estasis energética en estos órganos lleva a una percepción disociada y confusa de la realidad.
El trabajo con los ojos y la energía atrapada en la coraza muscular no debe consistir en un mero ejercicio mecánico de movilización ocular, con sus abreacciones. Se trata de un proceso que necesita ser conducido con contacto y propiocepción, y en conjunto con el “principio del movimiento puro”, según fue definido por Reich.
El movimiento terapéutico que envuelve el cuerpo se basa en el principio del flujo, del movimiento continuo, sin interrupción. La capacidad de recuperar e integrar la vitalidad libre del organismo depende de su capacidad de experimentar el movimiento puro, sin bloqueos. De este modo, se intenta obtener la fuente de la cura que, según Reich, se fundamenta en el movimiento puro y en el reflejo del orgasmo, experimentado como unidad del cuerpo y de la mente, en estado de entrega y con actitud afirmativa de la vida.
Una vez identificada la dificultad de la persona para mantener el movimiento continuo dentro de un ejercicio, ocurre el desacorazamiento. La coraza es el movimiento interrumpido. El movimiento continuo conducirá a la persona hacia el funcionamiento total, precedido de vibraciones, temblores, ondas, convulsión orgástica, liberación emocional y reflejo del orgasmo. Todas esas manifestaciones de movimiento continuo llevan al desacorazamiento de los segmentos de tensión de la coraza muscular, redistribuyendo la energía del organismo.
Conocer los principios, saber leer y reconocer la interrupción del movimiento y de qué forma se da en el organismo, son los fundamentos de la práctica de la orgonomía reichiana. El trabajo siempre empieza con el segmento ocular, pues es el primer afectado dentro del proceso de desarrollo. En el caso de “Ventanas del Alma”, el proceso integrará la apertura de la mirada con la contemplación y la vitalidad expresiva.
